Amsterdam – Septiembre 2008

Publicado: 17/02/2009 00:37 por javiermontalvo en Viajes

Amsterdam, ciudad dibujada en el mapa, calculada y ordenada. Ciudad de color y de líneas, sobre el papel parece que la dibujaron al antojo del habitante, todos sus rincones puestos concéntricamente en su punto exacto, aunque sus casas inclinadas le dan su punto discordante y atractivo, su toque personal.

 

Su gente es tranquila y afable. Es justo hacer un homenaje a su población que sea quien sea te brinda amabilidad y respeto. Su origen pescador en tierra pantanosa y su evolución a industrial en primer lugar, perfeccionando la conserva del pescado, principalmente el arenque, y su comercialización después junto con la cerveza, le ha debido dar ese punto de trato con el visitante.

 

Sus canales están dispuestos para recorrerlos andando o como les gusta a sus paisanos, en bicicleta, bicis algo destartaladas, pero funcionales, bicis en pareja, en paralelo, solitarias, elegantes con paraguas y tacones, con minifalda y cigarrillo, traje de corbata y maletín, bici con carrito para el crío y al colegio, tándem, bici porta bebés,  bici de familia numerosa, con cesta, con parabrisas, conductores de todas las edades y sexos, en fin bicicletas de todos los tamaños, formas y colores, para recorrer la ciudad de arriba a abajo, o mejor dicho de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, porque la dibujaron al antojo de sus habitantes, toda ella dispuesta en el plano.

 

Un plano frío, ciudad de color y húmeda, los canales protagonizan la vida  y diseminan su humedad sobre las calles, sobre las fachadas, que curiosas quieren también asomarse. Las casas, diferentes, torcidas, estrechas, de colores entresacados y elegidos, se empinan y se empujan unas a otras abriéndose paso solo de puntillas, asomando su cara y su sombrero tejado, para contemplar el paso del agua, elevan tímidamente sus talones y descubren los canales sin parar de mirarlos y éstos sin quererlo las acompañan de por vida.

 

Su paisaje de otoño nos muestra un contraste de calles cercanas en las que unas, recién mojadas por la lluvia dan paso al sol y otras experimentan el camino inverso, porque las nubes viajan a velocidad sensible peinando los tejados.

   

Y de cuando en cuando, una torre y un reloj nos recuerdan que todo tiene su disposición y su orden.

 

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