Siempre me ha creado admiración cualquier espectáculo en vivo. El directo refleja el esfuerzo y la calidad del artista, es una expresión cálida, que puede mostrar previsión e improvisación y sobre todo puede absorber al público al escenario y trasladarlo a tiempos o lugares lejanos, o cercanos. Esa es la verdadera magia del teatro o de la música en vivo. Cuando este viaje se consigue hemos encontrado su verdadera esencia.

 

Mario llega a Madrid en plena movida con el único fin de montar un grupo de música pop. Visita los centros rockeros de entonces sin demasiado éxito y acaba trabajando en el 33, como no podía ser menos. Desde allí recorrerá las calles en compañía de amigos, de amores, de historias...

 

Con esta puesta en escena, escuchando la música de Mecano, tenemos tentaciones de marcharnos a los ochenta y recordamos como vivimos aquellos años. Hay momentos espectaculares con más de veinte actores, bailarines y cantantes que casi vuelan a la par, hay momentos que forman un cuadro de luces y sombras superpuestas milimétricamente, merece la pena haber estado allí, es para mi una de las señas de identidad de este musical. Sin embargo, no conseguimos  trasladarnos con demasiada fuerza, en esta ocasión no conseguimos entrar ciertamente en escena.

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